Romance del "tontolaba"

Cuando se llena de vara la mano de un “tontolaba” se le va poniendo cara de lo que te figurabas pero que tenías dudas por si acaso equivocabas la impresión que desde antes al olfato te llegaba.
A un tonto con una vara se le pone la mirada de iluminado babieca sobre una nube de babas que él sólo va repostando con la que es derramada por su boca medio abierta de quijada descolgada. Va pegando cabezazos a ambos lados de su andada a todo al que identifica, como a otro “tontolaba”, y que ese día descansa y no ha sacado su vara.
Abrazan a cualquier cosa que tenga traje y corbata. A los anillos de oro, los limpian bien con sus babas. A los “vuelkas” pintureros los llenan de besucadas. A los de los ternos negros, llamadores les regalan a cambio de algunos votos en elecciones pactadas. Y a los de la “prensa rosa” que algunos llaman “morada” les regalan hasta el culo -y perdón por la horterada- con tal de alguna entrevista, ya sea escrita o sea radiada, aunque sea por Radiotaxi, y si no, televisada, para que se  le vea el nudo de rayas de su corbata y el escudito de oro colocado en la solapa.
Yo creo que más de uno de estos maestros de nada, son hasta profesionales, pues dedican su jornada a pasear por saraos, peregrinación viajada, “pescaitos”, “igulás”, conciertos y poetadas.
Todo sea por codearse, para que sea retratada, la carita de panoli, a ser posible, con vara, y que todo el mundo sepa, que muy lejos de ser nada él pertenece orgulloso al gremio de los “tontolabas”.

Una de babas

Mientras contaban mentiras, en campaña que empezaba, y con los rollos de siempre se reñían y se insultaban, yo con carita de tonto, me llené el pecho de babas.

Mientras soplando y sudando, con la cara colorada, los que venían de la calle a la habitación llegaban, yo con carita de tonto, me llené el pecho de babas.

Mientras el hospital del SAS, de recortes se llenaba, y ni siquiera la máquina de los cafés funcionaba, yo con carita de tonto, me llené el pecho de babas.

Mientras la gente buscaban, una tele conectada, para ver a futbolistas cómo se daban patadas, yo con carita de tonto, me llené el pecho de babas.

Mientras llegaban visitas, con globo y flor perfumada, y la noche con el día entraban por la ventana, yo con carita de tonto, me llené el pecho de babas.

Mientras perfil y parecidos, los que llegaban buscaban, y ella dormida en mis brazos el chupete meneaba, yo con carita de tonto, me llené el pecho de babas.

Y mientras me seguían cayendo, por el pechito las babas, yo no me daba ni cuenta, porque tan sólo pensaba, mirándole la carita, ¡lo guapísima que estaba!

450 aniversario de La O


EVOCACIÓN DE NUESTRO PADRE JESÚS NAZARENO POR UN HERMANO

Escrito por Diego Romero
Que te escribiese. Me encargaron que escribiese sobre Ti con motivo del 450 aniversario de nuestra Archicofradía. Que te escribiese yo, que bien sabes Tú que cada vez que lo intento se me amontonan las letras, pues el corazón late más rápido que las ideas, y a ti, yo solo sé escribirte con el corazón.
Cuesta mucho explicar lo inexplicable. Habrá que intentarlo.
Estoy seguro que, en el transcurso de los ya trescientos treinta y un años que llevas entre nosotros, serán muchas las personas que ante tu mansedumbre habrán sentido y sientan lo mismo que yo: una mezcla de compasión y devoción que termina irremediablemente en un nudo de garganta ante Ti en la íntima soledad de tu Capilla Sacramental.
Tu Capilla Sacramental siempre ha sido y será el lugar idóneo para encontrarte. Envuelto entre la cerámica del barrio, es el lugar en el que la Triana anónima te busca en sus idas y venidas cuando te necesita. Esa Triana de siempre, con carritos de compra y lenguaje que Tú bien conoces.
Siempre habrá algo que pedirte, que agradecerte o simplemente contarte.
Siempre habrá un motivo para echar contigo un ratito.
Intimidad de mañanas
dialogada a media voz.
Mientras, la torre, en La O,
da un Ángelus de campana.
Encuentros que por Triana
el tiempo convirtió en rito:
canas y “Jorobaito”.
Ida y vuelta de una Plaza
que se para, cuando pasa,
y echa con Él un ratito.
Te encontré de casualidad. Bueno, ya con el tiempo me di cuenta que en realidad fuiste Tú el que me encontró a mí. Estoy seguro que igual que has encontrado a todos los que han quedado prendidos a tus plantas en el transcurso de los años.
Las ganas de vestir una túnica nazarena de aquel chaval al que le empezaba a salir la barba fue la culpable. Hubo varios intentos, tanto en hermandades del barrio como fuera del mismo, pero el destino, un destino que el tiempo me demostró que en realidad era un Nazareno encorvado lleno de humildad en su cara y carey en sus manos, quiso que el color de la túnica que encontrase para revestir esas ansias de hacer una estación de penitencia fuese el raso morado.
Al principio no me percaté de tu hermosura. Fue con el tiempo y el día a día junto a Ti como poco a poco me fui dando cuenta de tu grandeza.
Luego vino la devoción compartida con otros jóvenes hermanos en aquel inolvidable Grupo Joven, germen de una forma de hacer y entender la Hermandad que ha llegado a nuestros días y cuna de aquella primera cuadrilla de hermanos costaleros mediados los años setenta del pasado siglo.
Tengo una fotografía tuya de aquella época guardada con mucho cariño. Una fotografía que también tendrán muchos hermanos y hermanas que como un servidor ya van peinando canas. Una fotografía con un color añejo y la firma de “Gard” que me traslada siempre que la veo a ese tiempo: un tiempo de candelabros y paso viejo.
Ayer, como una brisa
de fresca primavera
que penetra serena
por ojales de antifaz,
sentí en mí la caricia
de jóvenes recuerdos
envueltos en la foto
que pude contemplar.

Ayer, vi un Nazareno
sobre canasto antiguo
con un adorno exiguo
de flores a sus pies,
y sones corneteros
de grises uniformes
se unían a redobles
de baquetas sobre piel.

Ayer, vi candelabros
de alegres guardabrisas
y jóvenes sonrisas
cubiertas de arpillera,
y la memoria abro
sintiendo tu zancada
con tu dulce mirada
llenando las aceras.

Ayer, ante una foto,
pasaron por mi mente
momentos con mi gente
vividos junto a Ti.
Contemplando la foto,
me quité ocho lustros,
bien sabes Tú lo a gusto
que luego me dormí.
Este tiempo de Cuaresma en el que nos encontramos es el tiempo de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Aunque como decíamos al principio, cualquier día del año es bueno para entregarse a la oración junto a Él, qué duda cabe que es este tiempo cuaresmal el que a través de una serie de actos y cultos nos acerca aún más a sus plantas.
Acabamos de vivir su tradicional traslado al altar de Quinario, el Quinario con su Función Principal de Instituto y el Besapié. Además, este año, con motivo de la celebración del 450 aniversario de la Archicofradía, hemos podido vivir junto a Él un Vía Crucis extraordinario en el interior de nuestro templo, extraordinario en todos los sentidos, pues que duda cabe que rezar junto a Él siempre es extraordinario. Y aún nos queda el íntimo y cada vez más concurrido traslado al paso procesional, su salida el Viernes Santo en la estación de penitencia de la Archicofradía y el Besamano del Domingo de Resurrección.
Durante unos años, el Domingo de Resurrección no fue el mismo.
Se seguía celebrando la Eucaristía de las doce. Se seguían repartiendo los lirios que Él horas antes había pisado sobre su paso por las calles. Seguía habiendo corrillos de hermanos y hermanas que entre el cansancio y la melancolía volvíamos a vivir en charla distendida recuerdos, vivencias y anécdotas del gozo vivido pocas horas antes. El templo seguía recibiendo visitantes y devotos durante toda la jornada. Todo aparentemente parecía igual, pero Él, permanecía distante, frío, sobre su paso, con una cera gastada y unos lirios que el tiempo comenzaba a marchitar.
Un cabildo de hermanos decidió en aquel tiempo trasladar el Besapié de Jesús Nazareno del Domingo de Resurrección al segundo fin de semana de Cuaresma, alegando los defensores del cambio, principalmente, el cansancio de un Sábado Santo después de una estación de penitencia para el montaje del mismo y que, en la nueva fecha, contaría el Besapié con dos días en vez de uno; además, en plena Cuaresma.
Razón no les faltaba, la verdad, pero la mayoría de estos hermanos, pasado el tiempo, también echaban en falta algo cada Domingo de Resurrección.
En la aprobación de las nuevas Reglas, la aportación de un hermano nos trajo la solución: dejar el Besapié en el segundo fin de semana de Cuaresma, y celebrar un Besamano a Jesús Nazareno el Domingo de Resurrección.
De nuevo, el Domingo de Resurrección tiene en los lirios entregados a los fieles aroma a cercanía.
De nuevo, es menos duro el final de la Semana Santa al tenerle a Él más cerca.
De nuevo, se llena de su aroma nuestro templo en la Pascua.
De nuevo, podemos ver en la tranquila y reposada tarde de la Resurrección, cómo revolotean junto a Él las almas de los que ya no están con nosotros.
De nuevo, la Hermandad de La O se viste con sus mejores galas en el día más importante de la cristiandad.
De nuevo, es menos duro el comienzo de una nueva andadura hacia un nuevo gozo.
De nuevo, vuelve el Nazareno a la fría y trianera cerámica de su altar con el calor de los besos de su gente.
De entre todos estos cultos y actos cuaresmales a Nuestro Padre Jesús Nazareno, es en el Besapié donde el Señor, al menos para un servidor, se nos muestra en toda su plenitud. Aunque le falte el carey y la plata de su cruz, o quizá por ello, su humildad y entrega se hacen más patentes.
La hora ideal es a media tarde, cuando el sol de la Cuaresma que a esa hora empieza a buscar el Aljarafe, se introduce por la puerta del templo para llenarlo de una luz encantada. Entre esa luz, el Nazareno parece levitar en la oscuridad del Altar Mayor sobre su peana de plata y se nos aparece como si fuese un sueño; como si fuese un sueño de Besapié.
Ser cera en farol soñé,
entre la luz de la tarde
que posaba con alarde
del ocaso en el dintel.
Pero luego, lo pensé,
y mirando tu elegancia
sobre la dulce fragancia
de los lirios que pisabas,
soñé ser sombra posada
a la espalda de tu estancia.

Soñé ser esa luz clara
que sale de tus potencias
y da brillo a la inocencia
de los rasgos de tu Cara.
Pero al ver manos atadas,
soñé ser ese cordón
que en tus manos de perdón
las muñecas entrelaza
mientras miras al que pasa
a besar tu bendición.

Soñé ser acanelado
olor del humo, que denso,
con el aroma de incienso
se va quedando a tu lado…
Pero al fin, he despertado,
y me he visto con tu gente,
rodeado de un ambiente
con sabor a una Triana
que ya se muere de ganas
por verte venir de frente.
Viernes Santo. Qué decir del Nazareno el Viernes Santo. Desde las mariposas en el estómago que nos aparecen por la mañana en un templo radiante de víspera donde no te cansas de mirarlo en su paso sobre una alfombra de lirios frescos, hasta la tarde y noche, con su peculiar caminar seguido de una música de plumas blancas. Cualquier momento de su recorrido tiene algo que llena los sentidos: alguna luz, algún sonido, alguna mirada... Pero pasados los años, a la conclusión a la que he llegado, es que no son los lugares, sino Él; Él es el que los cambia con su presencia.
Él es el que le pone esa luz mortecina al sol del ocaso que se posa en su espalda cuando cruza por la tarde el puente. Él es el que detiene el tiempo, le pone al cielo el mismo color de la cofradía y se envuelve en la brisa cuando, tras el recto camino de Reyes Católicos y San Pablo, gira lentamente de Rioja a Velázquez.
Cuando la luz por Rioja
se prende en atardeceres
y asoman como alfileres
estrellas al cielo azul,
llega Él, y se despoja
de lutos el Viernes Santo
que rendido ante su encanto
olvida Muerte de Cruz.

Su paso llega a la esquina
con zancada firme y larga
portando la dura carga
que por Triana nació,
y poco a poco la fina
estampa de sus mecidas
va quedando adormecida
a redoble de tambor.

Cuando las andas despiertan
a golpe de llamador
y de nuevo su esplendor
suelta andares de Triana,
corneta y tambor aciertan
y ponen su melodía
en la esquina que el Mesías
gira buscando Campana.

¡Ay! esquina de Rioja,
donde el tiempo se detiene
y la brisa se entretiene
con el vuelo de su ropa.
Mientras, el ocaso aloja
en el cielo sus colores
imitando al de las flores
que a su caminar arropan.
Él es el que hace pequeñas las inmensas naves de la catedral. Él es el que le pone luz en la noche a las calles y el caserío en su camino de vuelta y Él es el que nos llena el alma de gozo cuando de nuevo lo vemos venir de frente por la oscuridad de su calle Castilla.
Siempre he dicho, que lo bonito de los pasos de palio es verlos alejarse. Ver cómo se va perdiendo el manto lentamente, llenando con su caída la trasera del paso al son de la música. Pero al Nazareno de La O, lo que gusta de verdad, es verlo venir de frente. Con su peculiar andar. Con la música de fondo. Verlo venir. Verte venir.
Verte venir con el sol
chorreando en las fachadas
con esa luz apagada
que tan solo el Viernes tiene,
es llenarse del sabor
que desprenden tus andares
recordándonos postales
que la memoria mantiene.

Verte venir por Triana
cuando el sol busca el ocaso
y el cielo tras de tu paso
da contraluz a los lirios,
suena a saeta gitana
desde balcones con flores
cantándole a los primores
de tu sumiso martirio.

Verte venir por Castilla
con carey de antigua estampa
y un manto de plumas blancas
dándole son a tu andar,
huele a brisa de una orilla
cantaora y alfarera
que para que no te fueras
te hizo de loza un altar.

Verte venir entre cales
por tu barrio y con tu gente
buscando un sol en el puente
que se despida de Ti,
trae aroma de corrales
de geranio y albahaca
mientras el cielo se saca
un aljarafeño añil.
Señor de devociones antiguas y secretas. Dios cercano. Bálsamo de un barrio en el que las necesidades formaban parte del día a día. Señor de estampas llenas de ruegos y besos. Así lo conocí y así me gusta recordarlo. Así lo veo. Así lo sueño.
Dentro de poco cumpliré cincuenta años junto a Ti, aunque estoy seguro que son muchos más los que Tú llevas junto a mí.
Si Tú así lo quieres, que sea por los siglos de los siglos.
Aún no habías cumplido los trescientos
cuando mi andar errante te encontrara.
Quedose para siempre por tu Cara,
buscando día a día sentimientos.

Tú limpias mis miserias con tu aliento
y llenas mi camino de luz clara
con la Verdad, que un día proclamaras,
y sigues proclamando en cada encuentro.

Casi setenta lustros enseñando
tu Dulce Sumisión, que se proclama,
en el compás que dejas caminando

cuando los lirios, surcan tu peana,
y aroma de carey vas derramando
sobre los corazones de Triana.

Felicidades, Señora

Felicidades, Señora; cada año más hermosa. Cada Adviento más radiante. Cada invierno más preciosa.
Otro año, Madre mía, bajas y nos reconfortas y tu presencia Divina ofreces al que la toma cuando a tus manos camina buscando frescor de rosas.
Antes de empezar el día, ya Triana lo anunciaba: con cornetas a porfía y fuego de luminarias pregonó a los cuatro vientos que a orillas del río que pasa, por la Gracia de Dios Padre, con redobles de campanas, una Doncella del barrio del Amor fue fecundada.
Triana espera tu Fruto tan sólo en una semana, pero hoy te felicita y se arrodilla a tus plantas para extasiar sus sentidos ante la Divina Gracia de quien es Madre del mundo.  Expectación y Esperanza.
Felicidades, Señora. Cada año estás más Guapa.

Pregonadores

¡Qué me gusta un pregonero! Con su atril resplandeciente, quedándose con la gente con el índice hacia el cielo.
Cómo se le riza el pelo al nombrar la cofradía que, lo ha invitado ese día, para darle un “pescaito” a cambio de cuatro ripios a lo que ni conocía.

¡Qué me gusta un trovador! Con su corbata de rayas, de colores que desmayan y su nudo abrigador.
Con bolitas de alcanfor metidas en los bolsillos. Con la cabeza de brillo, de brillantina a granel, y labrado con troquel, en el ojal, su escudillo.

¡Qué me gusta un “cuenta-cuentos”! Aunque siempre cuente el mismo, que aprende cual catecismo y va largando a los vientos.
Por iglesias y conventos lo larga cambiando el santo, o el del color de su manto, si de una Virgen se trata. Luego, al final, se retrata rodeado de unos cuantos.

El que de verdad me gusta, es el que tú a mí me das, perfumada de azahar en las vísperas soñadas.
El que en tu alma encontrada, recubierta de esplendor, despiertas a la intuición de los días que se aproximan. Sin ripios. Sin pantomimas. ¡Eso sí que es un pregón!

Sevillanía

Qué cosa más sevillana un palio cuando se marcha, y lo vas viendo alejarse, envuelto en la nube blanca que el incienso va soltando llenándolo de fragancia.
Ves la caída del manto como celestial cascada, flanqueado en ambos lados por una luz cimbreada de candelabros de cola con brazos de filigrana para que no escape un trozo a su cera iluminada.
Aún se conserva en el aire el olor que desparrama. De cera virgen y flores. De plata recién limpiada. De sudor de brega interna y de esparto en sus pisadas. Y lo vas viendo perderse como una marea baja moviendo sus suaves olas de bambalinas bordadas mezcladas con los compases de una marcha bien tocada.
No hay en Sevilla una cosa que pueda identificarla con más precisión fehaciente simbolizando su gracia que un palio andando de frente, observado por su espalda, que al verlo dice la gente: ¡Qué cosa más sevillana!

Ganas de ti

Hoy tengo ganas de verte y que atravieses mis venas. Sentirte en lo más profundo, y que tus cuatro azucenas sean mis puntos cardinales. Que no merezca la pena salirse de entre ellos cuatro a buscar tierras ajenas, que no llenan mis sentidos, como tú, que me condenas a ser preso en los cabellos de tu gitana melena.

Tengo hoy ganas de tu son, ese que en noviembre suena a un Tenorio enamorado de una Inés de luna llena que entre los brillos de un río la convierte en su galena. Igual te siento yo a ti, y en tus perfiles se llena mi alma de nuevos días. Y esta vida mía terrena, se convierte en celestial entre tu brisa serena.

Hoy necesito tu luz, esa que derrama plena por tus perfiles de otoño de mirada ojimorena. La de atardeceres cortos de un ocaso que rellena de ocres jirones el cielo buscando la Macarena y que bajando por Feria, en espadaña rodena, se posa para anunciar que una Amargura, su pena, consolar quiere en su mano que ofrece como patena.

Hoy tengo ganas de ti. Igual que el que algo estrena. Tengo ganas de soñarte de radiante nazarena. De volantes en la noche. O de saltitos que suenan a seises en presbiterio de inmaculada novena. Hoy tengo ganas de ti, de perderme en tu colmena de gracia llena de luz. Solo una duda me queda: ¿cuándo no tengo yo ganas de amar tus carnes morenas?

Sello propio

Cuando no tienes por qué parecerte a nadie ¿para qué intentarlo?
Cuando tienes un sello propio que has forjado a través del tiempo y te ha llenado de gloria e imitadores, ¿qué problema tienes?
Este mundo de las cofradías, y todo lo que las rodea, está lleno de gente que va de un sitio a otro intentando amoldar instituciones, en muchos casos con siglos de historia, a su gusto y canon.
Vamos a ver, hijo mío: si a ti lo que te gusta es una marcha flamenquita y un izquierdo por delante ¿para qué te apuntas en una hermandad de ruan?...
O al revés: si lo que te gusta es un cortejo que impida a los participantes hasta el respirar, ¿a qué viene apuntarte en esa hermandad de barrio llena de algarabía y madres con bolsas de avituallamiento?
Algunos se creen que las hermandades y cofradías, algunas con siglos como he dicho antes, empiezan cuando ellos llegan, e intentan cambiarlo todo de cabo a rabo sin respetar el sello propio de la misma, y lo que es peor, sin elegir el sitio adecuado. Porque – gracias a Dios – este mundo de las cofradía de Sevilla y todo lo que lo rodea, está lleno de riqueza, de matices y de estilos, lo único que hay que saber es escoger el lugar apropiado y, sobre todo, respetarlo.

Gubia

No fue fácil que se desprendiese de Ella. La tuvo cuatro años en su estudio y, aunque no le faltaban propuestas de compra, él se resistía a verla salir de su casa.
Los motivos que le llevaron a vender la talla a la Cofradía de los Primitivos Nazarenos de Sevilla quedan en la intimidad de los secretos. No sabemos qué pudo más, si la necesidad de la Hermandad para hacerse con tan bella Imagen, o la que el maestro tenía en esos momentos económicamente hablando. Corría la década de los cincuenta de la pasada centuria, y no creo que le viniesen mal unos ingresos. Pero también estoy seguro que pesarían mucho en el acuerdo los argumentos esgrimidos por la Hermandad, sobre todo, en una persona de profunda religiosidad como era D. Sebastián Santos.
Cuentan, que desde el primer día que la Hermandad la puso al culto, rara era la tarde que el maestro no merodeaba por San Antonio Abad, y buscando siempre la intimidad de la discreción, echaba su ratito con Ella. Al igual cuentan, que la primera madrugada que la Santísima Virgen presidió el paso de palio en la estación de penitencia de la Cofradía, le vieron perdido entre la bulla, llorando. Quizás de pena, por haberla dejado ir. Quizás de alegría, porque seguro sabría que con el tiempo llegaríamos otros que, gracias a su obra, nos sentiríamos orgullosos de ser Primitivos Nazarenos de Sevilla, y además, y sobre todo, de sentir a la Madre de Dios más cerca de nosotros y más Pura en su Concepción.

Armatoste

La primera vez que vi el engendro de la foto, por el perrito piloto, te juro que me creí que era para hacer pipí al ver al niño en pelotas y que, todas esas notas, que en la base tiene puestas, solicitaban expuestas trabajo, piso o marmota.
Conforme me fui acercando, pensé en un kiosco de helados que se encontraba cerrado porque estaba descansando, la niña, que trabajando en esos sitios de marras, le da cortes a las barras… Pero entonces, el chiquillo, ¿qué hace con el pinganillo colgando en to lo alto…? Y me dije en tono alto: ¡yo me viatomá un tintillo!
Y ya, en la Bodeguita, mientras me tomaba el tinto, llegó mi primo Jacinto con su mujer, Encarnita, y tras pedir dos fresquitas me explicó qué es lo que era: “a la cerámica trianera, primo, y los cartelitos son soleás que han escrito…”
Yo me quedé sentaito, pensando qué le decía, mientras me daba el fresquito del ventilador del bar… No sabía qué contestar, y le pregunté: ¿de veras? ¡Que sí, primo! Respondió. Y entonces le dije yo: ¡po vaya mojón!... ¿te enteras?

Calle

Jamás hubiese pensado un servidor, cuando jugaba a ladrones y policías en aquel coche americano abandonado a su suerte en el gran patio de albero que servía de antesala al cine Avenida de verano que, en ese suelo, iba a crearse una calle con tu Nombre.
Una calle desde la Cava a Castilla. No podía ser otro suelo. Desde la Cava a Castilla cruzando Alfarería. Una calle entre aromas en el recuerdo de damas de noche de dos cines de verano. Una calle sobre un suelo de arcilla alfarera; esa arcilla alfarera que sirvió para hacerte ese Altar desde el que recibes a tu barrio.
Siempre buscó el bloguero el camino más corto hacia tus plantas desde el día que te conoció… ¿O fuiste Tú el que lo conoció a él? Quién sabe. Sabrás Tú mejor que el bloguero cuantos de los que te buscaron en vida pisaron el suelo que hoy ocupa tu calle. Sabrás Tú, mejor que nadie, cuantos, en la intimidad de una fría y húmeda alcoba de corral de vecinos sobre ese suelo, solicitaron tu ayuda mirándote en una vieja foto en blanco y negro entre los pobres adornos de una vieja cómoda.
El barrio ha cambiado. Como todo. Hoy el hambre más que en él, viene a él. Viene a él en un Comedor que unas monjas mantienen contra viento y marea. Precisamente es ahí donde el destino ha querido que empiece tu calle. Cosas del destino: un camino más, recto desde el hambre al Sagrario. Un camino más, recto desde la Cava a tu altar de cerámica trianera.
Lástima que para el bloguero la Cava sólo sean recuerdos. Lástima que para el bloguero esa nueva calle ya no pueda ser el camino más corto antes de su estación de penitencia envuelto en el raso morado de una tarde de Viernes Santo.
El bloguero, además de sentir una gran alegría, sólo sueña – como tantos trianeros en la distancia – lo bonito que sería poder poner en el remite de sus cartas: “calle de Nuestro Padre Jesús Nazareno”.

Por derecho

Su rostro se entristecía al llegar la primavera, viendo túnicas ccolgada entre el olor a canela que por la casa rondaba de cuaresmales comidas que su madre cocinaba.
Eran días de algarabía y de vísperas soñadas, y los sentidos se abrían ante una nueva jornada de salir su cofradía con túnicas recién planchadas.
Pero era un privilegio sólo para media casa, ya que una triste costumbre, a Dios gracias reparada, impedía por aquel tiempo a la mujer esa gracia.
En su infantil pensamiento, las dudas le atormentaban, eclipsando aquellos días de cofrade sevillana y menguando la alegría con preguntas y reclamas: ¿Por qué yo salir no puedo? ¿Por qué? Si yo soy hermana. ¿Por qué? Si yo así lo quiero. ¿Por qué manejan mis ganas de vestirme con mi túnica y con mi cera alumbrarla? Si mi hermano es más pequeño. ¿Por qué él puede acompañarla? Si yo llevo hasta su Nombre, y como él soy hermana…
Pero al fin llegó aquel año, con su víspera soñada, y en el salón de su casa otra túnica colgaba, que le dio a su primavera, el color que reclamaba: el que por derecho propio mereces tú, sevillana.

Alergia a los crustáceos

Asco dais al caminar, rozando vuestro trasero por si acaso, al agujero, le cae un puntazo detrás. Para mientras, palmear, con las manitas en alto, y que casi os dé un infarto con la vena toa inrritá.

Asco dais al molestar, a los miembros de un cortejo, con vuestro andar cangrejo de muy poca educación, y no dejar caminar a acólitos con ciriales que aguantan, pobres chavales, que los pisotee un cabrón.

Asco dais, con esa cara, que se os pone delante, de mamonas arrogantes a los que todo da igual. Y desde vuestra piara, que formáis como pavos, se nota que  os suda el nabo a quien vais a empujar.

Asco dais, pero además, os creéis que sois cofrades, y de los más ejemplares, de toda la cristiandad. Y lo que sois es una grey, con muy poquita vergüenza, que arrolla y que tropieza con el que bien puesto está.

Asco dais, y si pensáis, que lo que hacéis es correcto y que aquí to los defectos los tiene el que firma abajo, mejor será que no leáis lo que es la despedida, para que en ella os diga: ¡que os comáis un… pitisú!

Mañana de recuerdos

La mañana del Viernes Santo, al igual que la del día que sale hacia la aldea del Rocío la Hermandad del barrio, luce Triana sus raíces en todo su esplendor.
En la mañana del Viernes Santo, se llena el barrio de barrio, valga la redundancia, y los que nacieron en su suelo y tuvieron que irse un día por culpa de la especulación, vuelven por sus fueros, y esperan a la cofradía de la Esperanza en el mismo lugar donde un día estuvo su casa; su corral de vecinos. Allí, sin querer mirar atrás, vuelven a la infancia, y viven cada año aquellos brazos y aquellas manos que le enseñaron a amar lo que están viendo.
Siempre hay alguien a quien visitar. Siempre hay algo que recordar. Siempre hay caras que identificar en las que el tiempo no ha pasado en balde. Siempre hay nudos que tragar bajo el sol de la mañana.
La mañana se va tornando en tarde por los bares del barrio, donde acuden al avituallamiento los que ya ni siquiera tienen la suerte de tener algún familiar viviendo en el barrio, y que en ese caso, nunca se podrían negar a visitarlos y almorzar con ellos.
La luz del mediodía acompaña a este ambiente de nostalgia. Siempre es tenue, por muy despejado que esté el día. Es una luz especial la del Viernes Santo.
Las copas de aguardiente van dejando paso a la cerveza y las tapas por unos mostradores que añoran compás por soleá con los nudillos de las manos, y entre charlas llenas de anécdotas y recuerdos, se van viendo nazarenos de ida y de vuelta que se mezclan con las mantillas que vuelven a buscar la brisa del río. Cuando el sol empieza a ir buscando el ocaso por el Aljarafe, de nuevo los hijos del barrio empiezan a tomar posición, y se empieza a llenar la calle Castilla desde el mismo Zurraque hasta Callao, San Jorge y el Altozano de una Triana pura, que bajo un cielo que va empezando a tomar unos reflejos añiles, se resiste a cerrar el anual sueño que empezó por la mañana con el trote de un caballo llamado Calamar y una Virgen guapa posándose en sus corazones, y que acabará con los reflejos de un raso morado en el río y un “hasta el año que viene… si Dios quiere”.
Lo bueno y breve: dos veces bueno.

Manos de mujer

Me gusta la ensaladilla y las papas aliñás. Los trocitos de tortilla y pepitos de pringá. La empanada de bonito y un buen pastel vegetal. Un par de huevos rellenos y después, carne mechá. Y antes de echar el flatito, un postrecito de , que tenga nata montada en el bizcocho pegá.
Pero lo que más me gusta, son las manos que lo dan. Desinteresadamente. Y que a cambio pedirán que aportes sólo un poquito para una Obra Social y multiplicar los panes en actos de caridad siguiendo lo que está escrito, por Quien preside un Altar de cerámica trianera en éste viejo arrabal, envidia de quien no pudo, nunca su suelo pisar.
Y los viernes, en La O, tras la misa de Hermandad, se destapan fiambreras de delicioso manjar y en un ambiente gracioso, lleno de cordialidad, se convierten en ingresos de Bolsa de Caridad y una “Esperanza y Vida” que ayuda a quien vida da, en la Hermandad más bonita que se pueda imaginar.
Que Él y Ella os lo paguen, con mucha felicidad, al igual que estoy seguro que los que a su lado están, se sentirán orgullosos del callado trabajar en esta Hermandad que ellos, un día supieron amar, y que al igual que a vosotras, hoy conviene recordar.

Atrio

Tiene San Antonio un Atrio, que al llegar la Madrugada de un Viernes de primavera con la luna llena y alta, retrocede entre los tiempos como un hechizo de hadas.
Se va llenando de sombras puntiagudas y alargadas que, afirmando con la voz, su presencia centenaria, van formando una cadena de cera morada y blanca.
Entre ella se entremezclan, cruces de empinadas aspas, guión con fecha gloriosa, bandera de voto y blanca, espada de sacrificio y luz en cera portada.
Sin parecer que se mueva; como agua reposada, se va vaciando en el Templo sin ligerezas ni pausas, dejando de nuevo el Atrio vacío de cuerpos y almas esperando otro azahar, con la luna llena y alta, de antifaces primitivos y promesas renovadas…
Tiene San Antonio un Atrio, donde el tiempo apenas pasa.

No te voy a echar de menos

Te vas y sólo me dejas, los sobacos escocíos y el contador de la luz, temiendo que llegue el tío y apunte en la maquinita, con aires de desafío, el sablazo que su empresa dejará con poderío en lo alto de mi lomo, sin que yo diga ni pío.
Te vas a la vez que vuelve, otra vez ese gentío que con sus carnes morenas, me llega desde el estío a ocupar mi aparcamiento, que siempre estaba vacío, esperando que llegara de comprar los desavíos, un servidor con su coche, a su libre albedrío.
Te vas, pero yo te juro, que desde un inmenso hastío, no te voy a echar de menos desde mi rincón sombrío, porque vaya la que has dado en ésta orilla del río, sin ni siquiera un momento relajado de rocío.
Así que, querido agosto: ¡vete por dónde has venío!

Una Cava en la memoria

Recuerdo tu arboleda, plantada en anarquía, soltando melodías de hojas con el viento y cómo la alhucema, en las mañanas frías, sin vacilar salía de todos tus adentros.
Recuerdo la humareda, de un tejar alfarero, amenazando en cielo con tiznes de azoteas y cómo una moneda, cruzada de agujero, era trueque dulcero en puesto de madera.
Recuerdo tus corrales, cuajados de geranios, y alegres vecindarios entre puertas abiertas y cómo los chavales, jugaban a corsarios, mientras que algún canario le cantaba a la siesta.
Recuerdo tus olores, de pucheros al fuego, reposando en sosiego sus humildes viandas y cómo aquellas flores, que provocaban celos, con aires veraniegos cuajaban tus barandas.
Recuerdo tus exilios, de muebles en las puertas, para dejar desierta la tierra especulada y cómo aquel auxilio, de promesas inciertas, fue la muerte encubierta de tu historia afamada.

Síntesis

Para el bloguero, es el rincón de Sevilla por antonomasia. Es la mejor síntesis de la ciudad en estado puro. En ese lugar, además de ver a Sevilla, se la puede oír y oler.
El mejor momento es el amanecer veraniego, cuando aún los forasteros no han tomado el entorno buscando tópicos y camisetas a la vez que son perseguidos por un “seudo-cantaor” guitarra en mano.
Cuando en el frescor del amanecer, la soledad de tus pasos te llevan por el Callejón del Agua, ya empiezas a intuirlo, y al llegar a la cancela, siempre abierta, del acceso a la calle Judería por la calle Vida, incluso antes de verlo, lo escuchas y lo hueles.
Hueles el jazmín que asoma por la cornisa que corona la cancela, mientras empiezas a escuchar de fondo el tímido gorgoreo del agua en una fuente que le da forma a un rincón del lugar. El sonido sigue guiando tus pasos que, involuntariamente, se ralentizan conforme te acercas.
Allí, bajo un sol que empieza a chorrear por un encalado torreón sobre un sigiloso pasaje, te sientes dentro del corazón y el alma de la ciudad. Sabes que a escasos metros se te mostrará la Giganta contemplada por naranjos en un hermoso y blanco patio, pero en el recogimiento del lugar, se abren todos tus sentidos y piensas, mientras los esparces, que ella puede esperar.
Es mi secreto rincón, hoy confesado. Es la síntesis donde mejor veo reflejada el alma de la ciudad que me vio nacer. Es Sevilla en estado puro. Es, por antonomasia, el rincón entre todos los rincones del alma de Sevilla.

Por si acaso...

Yo no soy de esa “triana” que en minúsculas escribo, que tiene como adjetivo expresiones chabacanas; la que catetos alaban y se montan en su carro.
Yo soy, de la que con barro, inundaba los tejares y en el aire, cual puñales, ponía cantes de desgarro.

Yo no soy de esa “triana” de aduanas y divisas,  que sin conocer su brisa, aparece en caravana; la que la cree la fulana que a su compás va a bailar.
Yo soy, de la que su andar lo lleva siempre de frente, humilde, pero decente, cumpliendo sin molestar.

Yo no soy de esa “triana” hortera y de cartón piedra, que a costa de su nombre medra, vendiéndola de forma vana; la que se cree ser el ama de un regimiento de horteras.
Yo soy de la corralera; la que cumple lo que dice, sin que nadie la utilice: de Triana, la de veras.