Papeleta

No votaba desde el veintiocho de febrero de mil novecientos ochenta. Más de treinta años sin tomarse en serio una campaña electoral. En aquella ocasión, lo hizo precisamente porque el partido que gobernaba le recomendó que no lo hiciera. Él, que cree en la clase política lo mismo que la clase política en él, pensó: si me dicen que no lo haga, tendré que hacerlo, aunque sea por molestar… y hasta hoy.
Pero en ésta ocasión, con las municipales, ha pensado que su actitud no puede seguir así, y que ya está bien de no participar en unas elecciones. Así que se fue al cajón donde guarda todo lo que le echan en el buzón y que no son facturas, y empezó a seleccionar todos los sobres con las candidaturas presentadas. Lo primero que observó, era que en las listas que cada sobre traía, además de no conocer a nadie personalmente, no se le permitía tachar a ninguno. Mal empezamos, pensó. La primera lista que rompió, fue la del partido que llevaba gobernando los doce últimos años. La de un alcalde que como es médico y no sabía de esto, tuvo que ser cambiado por otro, y pensó que doce años para darse cuenta de que no servía eran muchos. La siguiente lista que desestimó, era la que encabezaba uno que era ATS, que nunca había visto una jeringuilla, y que sin ser el alcalde, sí que lo era… un lío mu gordo, vamos. Siguió buscando, sin desánimo. Otra lista que tampoco le convencía, era la de la oposición, la que lleva doce años denunciando mangoneo cuando lo lee en la prensa. A la basura también. Joder, pensó, me estoy quedando sin papeletas. Y rebuscando encontró la última. Pero date, estos eran unos que plagiaban la bandera del equipo de sus amores y además, de los cuatro que eran, cinco estaban peleados…
Desmoralizado, pensó partirla también, pero antes de hacerlo, buscó un folio en blanco y unas tijeras, recortó el folio para darle el mismo tamaño que la papeleta oficial, y con paciencia y una plumilla expresó en ella lo que creía y quería para éstas elecciones.
La verdad es que lo que le salió lo hizo con el corazón; con el dedo corazón apuntando hacia el infinito. La metió en el sobre que quedaba vivo, y ya está deseando que llegue el domingo para cumplir con su obligación ciudadana, al igual que lo hace la clase política.