J.M.J.

Joaquín Muñoz Jiménez (J.M.J.) nació en un pueblecito de la campiña sevillana hace treinta y un años. Estudia la carrera de derecho desde hace casi tres lustros, ya que los profesores la tienen tomada con él y no paran de suspenderle. Menos mal que su padre se puede permitir costearle los estudios – además de los gustos – y de esa manera dedicar todo el tiempo a estudiar sin tener que trabajar y conseguir recursos para ello.
Está muy comprometido con los movimientos sociales, y con la excusa de que el Papa venía a Madrid, le sacó a su padre unos eurillos extras para el viaje y estancia en la capital del reino, argumentándole la oportunidad de ver al Papa personalmente y vivir los actos que allí se iban a organizar con tal motivo. El padre, persona de fe, se lo creyó y gustosamente colaboró con gratitud y recursos a tan católico gesto por parte de su hijo.
Tiempo le faltó al padre para comunicarle al párroco del pueblo el viaje que había emprendido su hijo. Éste, el cura, que conocía a Joaquinito mejor que su padre, tragó saliva y calló por no ofender, dada la buena relación con la familia de J.M.J.
Pero en realidad, al que le faltó tiempo fue a J.M.J. para unirse, en cuanto pisó Madrid, a un grupo de amigos que formaban parte del movimiento en contra de la visita del Papa.
Vivió tres días de desenfreno, no faltaron la risa ni el alcohol. Tampoco faltó el tabaco aliñado. Lanzó huevos y piedras en los lugares donde pernoctaban los peregrinos. Robó mochilas argumentando que las había pagado él con sus impuestos. Insultó e increpó a todo lo que olía a Iglesia. Y lo que más le gustó, es que estuvo tres días sin lavarse.
Pero toda fiesta tiene su resaca, y ésta comenzó cuando el abogado de su padre se tuvo que personar en una comisaría de la capital para pagar una fianza que le permitiera salir de la misma. Se le acusaba de desorden público y agresión a las fuerzas del orden.
Su calvario continuó cuando llegó al pueblo y le tuvo que dar explicaciones a su padre, el cual, como hombre de fe y buenas costumbres, creyó la versión de su hijo que achacaba todas las culpas a los demás.
Pero lo peor estaba por llegar, y fue cuando se enteró que el asilo del pueblo que regentaba una congregación de monjas había tenido que cerrar por falta de recursos, y que su abuelo, que en dicho asilo se encontraba desde que enviudó, iba a tener que compartir habitación con él desde ese día.
Amargado por los acontecimientos se fue a la Peña a echar unas cañitas con los colegas y alegrarse el día, pero allí le dieron la puntilla cuando le comunicaron que el ayuntamiento había suspendido la romería de la Virgen de éste año como medida de austeridad…
¡Mierda de país! Exclamó.