¡Agua!

Con el calor que hace hoy y una mijita de guasa recordaremos el frío de aquella Semana Santa.
Vaya rasca, con sus mulas, vaya semana con guasa, que parecía La Campana Pradollano, con sus castas. Tol mundo con chaquetones, con guantes y con bufandas; con calcetines de lana y encima, con un paraguas. ¿No tendrá días el año? Pues nada, en Semana Santa, es cuando se acordó el cielo de mandarnos la borrasca.
Encima el niño, ioputa, sólo quería granizada, que se me quedó la mano más tiesa que una mojama. Para colmo, arreciito, va el ciezo y me la derrama en lo alto la entrepierna cuando el Museo pasaba, y me quedé sentadito sin articular palabra, sólo con dos lagrimones que la gente preguntaba: ¿tamocionáo con el palio?... ¿O son los sones de Aguas?...
Y me llevé nueve días como el Pozí, con la espalda doblá desde abajo a arriba que parecía una alcayata y cuando iba a orinar, con un pincho la sacaba; igual que las cañaillas… ¡Yo me cago en to mi estampa!
Y ahora llega el Viernes Santo y pa cambiar, ¡toma agua! Y el niño, en un descuido, al río me tiró el paraguas…Y el coche por la Cartuja, más lejos que la Alpujarra… Y aquí me tienen ustedes dobladito de la espalda dándole koskis al niño en la larga caminata, cogidito de la mano y chorreando a mansalva, que en vez de un nazarenito parecía un hombre rana… ¡Que hasta lasalío verdina a la túnica en la espalda! Que lacháo tres dobladillos y no ha llegáo a la Campana.

Seguro que hasta Cuaresma no nos viene otra borrasca, a no ser que mi vecino, el de la calva y las barbas, con esa cara de muerto saque el antifaz de la caja, que tiene más mal bajío que una maldición gitana.