Lirios por Pureza


Muchas veces, los cofrades nos quedamos en lo accesorio. Nos preocupamos en exceso de las formas, de los detalles. Le damos más importancia de la que merece al exorno floral, a la música, al horario, a la forma de llevar los pasos… Hasta que aparece el momento; ese momento coyuntural cuando menos te lo esperas que te hace ver que todo lo anterior es el camino, pero no el fin. Entonces te das cuenta para qué está la cofradía en la calle, y que lo que para otros pueden ser simples casualidades, para un creyente es nada más y nada menos que la presencia de Dios.
Es lo que en la orilla del Guadalquivir llamamos pellizco, y que hace no muchos años, sucedió en la Cofradía de La O mientras ésta discurría por la calle Pureza en su camino de vuelta, y que percibieron pocas personas, pero para las cuales, estoy seguro, la presencia de Dios fue mucho más que manifiesta.
Como digo, el paso del Nazareno andaba con su particular zancada por la calle Pureza a los sones de la música, y entre la gente que lo presenciaba, apareció una chica joven con muletas que le ayudaban – aparte de un joven que le acompañaba – a mantenerse de pie a duras penas. Se colocó delante del paso, y con una mirada entre triste y desafiante, parecía más que pedir salud, pedir explicaciones del porqué de aquella situación. El joven que la acompañaba intentaba quitarla de allí argumentándole que aquella decisión empeoraría su estado dada la angustia que le estaba produciendo, pero ella se resistía a abandonar aquel lugar. El paso paró, y el fiscal, gracias a su envergadura, arranco de la delantera del monte de lirios un pequeño puñado de ellos que le entregó a la joven. Ella los miró y aceptó entre lágrimas. Momento que aprovechó su acompañante para convencerla de que le acompañase a la acera y, desde ahí, ver como el Señor seguía su camino.
Así fue, y el paso del Señor siguió su camino para alcanzar la Capilla de los Marineros donde, como todos los años, pararse y saludar a la querida Hermandad de la Esperanza.
Tras el mencionado saludo, el paso siguió su camino y, cuando éste alcanzaba el final de la calle Pureza y ya se atisbaba el Altozano, aparecieron dos jóvenes costaleros de la Hermandad de la Carretería, que tras haber realizado su estación de penitencia habían decidido acercarse por Triana para ver al Nazareno y, ajenos a lo que momentos antes había sucedido, le entregaron al fiscal de paso un puñado de lirios del paso del Cristo de la Salud para que se los pusiera al Señor a sus pies. El fiscal tomó y agradeció aquellos lirios y los colocó justo en el hueco donde estaban aquellos que fueron entregados anteriormente a la joven.
Ella buscaba salud en la calle Pureza, y unos lirios del Cristo de la Salud vinieron a Triana justo en la misma calle.