Tres mil días


Desde esta orilla cibernética se ven tus tres mil días de soledad y desprecio. Mientras gotea tu agonía minuto a minuto, también se intuye la pasividad de tus hipócritas dueños y la irresponsabilidad de la clase política que, al igual que a mi, te ha tocado vivir.
¡Qué más les da a ellos que te falten días para cumplir un siglo como Monumento Nacional! Al fin y al cabo, eso no da ni votos ni dietas.
Unos, tienen a sus pocos parroquianos en la zona de sobra atendidos. Otros, precisamente por el olor a parroquiano que tiene tu suelo y tu historia, parece producirle urticaria el mero hecho de mirarte. Y tú, esperando. Rogando. Como si fueses la culpable de la situación en la que te encuentras.
Unos y otros nunca comprenderán que para el sevillano no sólo eres un sitio donde pueda rezar el que sea creyente. No solo donde pueda expandir sus sentidos todo aquel que sea amante del arte. Para el sevillano también eres poder vivir un Jueves Santo que no sea huérfano. Es poder saborear en El Rinconcillo un coronel con su correspondiente pavía soñando la salida de un barco por tu puerta lateral junto al hermoso azulejo de una santa. Es disfrutar de un tanque fresquito en la puerta del Tremendo viendo tu planta esbozada y viva sobre la piel de su ciudad. Porque eres parte de él. Porque eres patrimonio de Sevilla. Aunque a esos unos y a esos otros, les dé exactamente igual.