Ojeadores


Suelen acudir en grupo. En el frío inmaculado del ocho de diciembre y tardes de Adviento, se pasean buscando besamanos que llevarse a la boca, ataviados con sus bufandas de colorines. Van con los ojos abiertos de par en par para que no escape un detalle que criticar. Se plantan irreverentemente delante de las Imágenes buscando cabezas de alfileres y pliegues de blondas con algún defecto. Con las manos metidas en los bolsillos del chaquetón, analizan de arriba a abajo a la sagrada imagen de turno, como el que está viendo a la Dama de Elche. Con un ligero movimiento de cabeza y una barroca expresión de manos, sentencian al vestidor y al prioste, mirando en su explicación al compañero de viaje el cual, con la misma irreverencia, no duda en asentar la opinión oída con otro leve movimiento de cabeza.
Y sin santiguarse, ni un Ave María, buscan un cirio torcido o un ramo de flores con un capullo de menos para después, volverse, y en su retirada, pasar el dedo por algún altar del templo donde acabar su inspección.
¡Manda cojones! Hay besamanos, o mejor dicho, hay Imágenes, que cualquiera de nosotros tenemos en mente, que cuando están de besamano, entra uno a verlas y, al menos un servidor, cuando sales no te has fijado ni en el color del manto; sólo te has quedado con Ella, y si acaso, con el aura que desprende su belleza, su categoría artística y devocional y su historia. Te olvidas de lo anexo, sólo rezas, que es para lo que fueron creadas. Sin embargo, están estos ojeadores, que emplean un tiempo en ellas que sería más conveniente que se lo dedicaran a los maniquís de algún escaparate.