Túnica


Un martes señalaito, la saco yo del armario. No será un martes cualquiera, otro más del calendario; será el de Semana Santa, es decir, el Martes Santo, el día que yo dedico a celebrar este acto.
La saco y la cuelgo al sol para contemplarla un rato, repasar botonadura y quizás, también el bajo, coserle bien el escudo y lista para el planchado.
Mientras se huele a torrijas y flores de los naranjos queda colgada y dispuesta, presta para su traslado. Y ya el jueves, de mañana; de mañana y muy temprano. Jueves Santo, pa más señas; jueves de los señalados, de los que más que el sol brillan, de los tres refraneados, es elegido por mí para llevarla a su barrio. Allí, en un día y medio, se irá solita aromando de brisa fresca de río. De la Cava y de Altozano. De azahar de un limonero en la memoria guardado. De puestos de calentitos. De civiles y gitanos. De soleá trianera, bulerías y fandangos.
A media tarde del viernes. Ese viernes: ¡Viernes Santo! Me la pondré entre el rito que ya va cumpliendo años. Con la medalla en el cuello y el cíngulo entrelazado. Entonces, tendrá en su aroma, el aroma de su barrio. El que un día de primavera, como otros señalados, vuelve como el ave fénix a reclamar su pasado.
Otra vez se harán presentes tantos recuerdos guardados. La memoria traerá gente tras un antifaz morao. Y de nuevo, un cirio rojo, dará luz al Jorobao.