¡Adiós, miarma!


Cuando yo veo tu trasera, carroza de Bartasá, me entra una alegría en el cuerpo que hasta me pongo a saltar eructando polvorones y copitas de champán con sabor a gamba blanca, jamón y cannemechá, que me tienen la barriga cual camión de Lipasam.
Cuando yo veo que te alejas, ya se me empieza a olvidar el cabrón de los petardos y la malage tajá que más de algún caricato ya va empezando a soltar.
También me voy olvidando -me acuerdo y me echo a temblar- del gordo de barba blanca con su jojó y su tantán que con una campanita mi vecina fue a colgar del balcón, como un chorizo, pero sin pringue ni , rodeado de bombillas destellando sin parar que me tenían por las noches sin el sueño consolar con los ojitos abiertos; abiertos de par en par, que parecía una gallina ponedora en el sofá.
Dándole gracias al cielo, también me empiezo a olvidar del chorro de mensajitos llenos de gilipoyás que en el teléfono móvil me empezaron a llegar antes que me diera tiempo de poderlo de apagá.
Así que ya lo sabes, carroza de Bartasá, que te vayas con tus mulas para Oriente, sin parar, y me dejes tranquilito con mi cajita de Almax recuperando el sentido para escucharla llegar… Con sus torrijas meladas, su perfume de azahar, soñando un sol marceado en una rampa incliná por donde a lomos de un burro entre música emplumá nos baja el que de la Gloria las puertas nos abrirá… Ése sí que es un Rey Mago, y no tú, reybartasá.