Despertando primaveras


Cuando en Triana atardece el viernes previo a Cuaresma y el sol se oculta despacio en su cuna aljarafeña tiñendo el cielo de añiles anunciando luces nuevas, un Divino Nazareno, atado por sus muñecas sobre una alfombra de flores que flanquean maniguetas, espera de nuevo el rito de chicotadas pequeñas, que le lleven suavemente al lugar de preferencia donde presidir los cultos que en su honor se concelebran por los fieles y devotos que a orillas de esta ribera intentan seguir sus pasos hace décadas de décadas.
En la oscuridad del templo, y sobre un mar de cabezas, se desplaza suavemente rodeado de promesas entre el perfumado humo que adorna su delantera.
Cera roja le precede, y los ciriales se elevan cada vez que con sus pasos al Altar Mayor se acerca. Y cuando Él llega a éste, es cuando todo comienza: El Jorobao de Quinario, su Madre, luce de hebrea… de nuevo brota el milagro  y en Triana es primavera.