Cruz de Mayo


Con lo sencillo que era, con una cruz y dos tablas, montar una Cruz de Mayo en el patio de tu casa… Con jaramagos del campo y una cortina pasada la imaginación de un niño se convertía en una hazaña.
Delante, uno con hucha y detrás, con una lata, otro cerraba el cortejo con el son que acompañaba. Iba un solo costalero, que con una toalla se hacía un pedazo de ropa que alguien le colocaba entre sonrisas paternas en la puerta de una tasca.
Cómo han cambiado los tiempos,  ahora son los de la tasca, con más pelos en los güevos que un coco lleno de agua, los que sacan el pasito un día por la barriada.
Se van a un imaginero y le encargan una talla, que cuando acaba el paseo ¡sabrá Dios dónde la guardan! Se buscan un carpintero y le hacen unas andas; traen doce mil costaleros, remangones, con tirantas, con saco de colorines tapándoles las miradas y que hacen un relevo a cada tres chicotás. Y para formar jaleo hasta se traen una banda, que a los izquierdos del paso hay que darles mucha caña.
Se ponen sus ternos negros para coger una vara; se buscan a un cura loco que al Cristo le eche unas aguas; y todos al día siguiente, en la barra de la tasca, presumen de ser cofrades… ¡Y un carajo… como una manga!