Una de arena

Llegó otra vez tu final, triana de cartón piedra. La peste de las sardinas ya se fue de tus aceras, al igual que los listillos que sin puñetera idea, con sus dietas y sus trajes vienen y te pescuecean y sólo de ti se acuerdan cuando suenan castañuelas.
Ya se acabó el paseíllo de fantasmas y lumbreras, que al compás de un pasodoble por tus calles pavonean rodeados de pelotas con caritas de babiecas lamiéndoles los traseros por un tinto en la caseta.
Ya pasaron los pregones de cicerones de oferta, con sus tópicos al viento de verdes avellaneras, de días señalaitos, de trianear sin idea, de cucañas, pescaito y todo lo que le cuentan.
Ya vuelve, poquito a poco, la verdad, sin tapadera, y se van para otro sitio a inventar otra historieta los vendedores de humo con su cultura andrajera a seguir mangoneando en cualquier otra caseta y que les bailen el agua, del pesebre, otros chancletas.
Poco a poco el Altozano del susto se recupera, y le van volviendo ecos de soleás trianeras, de fandangos naturales y cantes de ida y vuelta, y va olvidando compases de caja con pandereta que cantan más malamente que una babucha reseca.
Ya se acabó la función y el cuento de la lechera, los guiris con calcetines, los tontos de la bandera, los piojosos sin tabaco, los cicerones de pega, los pescuezos de distrito, los del ¡viva lo que sea!, los de su puente y aparte, los mangantes de carteras, los trianeros de mentira y la mugre sardinera…
¡Qué bonita está Triana, cuando quitan las banderas!