Tertulia

En una Tertulia Cofrade de cuyo nombre conviene acordarse. Tertulia con su buen tirador de Cruzcampo y montaditos de lo que usted ni es capaz de imaginar. Tertulia con una clientela variopinta y ligada de alguna forma al mundo cofradiero. Tertulia en la que el bloguero hace sus escapaditas para refrescar el gaznate con la excusa y coartada de una bolsa con el pan de cada día comprado no muy lejos de ella. Tertulia que los sábados y domingos es tomada por una tropa de gente – entre la que nos encontramos servidor y parienta - para devorar tapas y videos de Semana Santa mientras se charla de lo divino y lo humano.
En esa Tertulia, hace dos o tres años, un sábado de Cuaresma con los naranjos del barrio cuajados de azahar y el interior del bar cuajado de ambiente al calor del condumio y entre los cuadros que llenan las paredes de tal forma que cuando en agosto toca limpieza el dueño sólo pinta el techo, apareció un cliente desconocido acompañado de otra persona y se colocaron en una de las esquinas del pequeño mostrador. La gente seguíamos a lo nuestro, cuando de repente, este nuevo cliente misterioso, empezó a recitarle poesías cofrades a su acompañante. Al principio, consiguió el silencio y la atención del respetable. Antes de cada poesía, decía con voz solemne el nombre del autor, para después recitarlas con una voz que recordaba al NO-DO.
Parecía no tener fondo el archivo mental que poseía el gachó, y ya llegó el momento en que empezó a ponerse pesado y que la gente iba volviendo a su particulares charlas ignorando tan rancio recital de ripios cuando, en un momento dado y aprovechando un receso del poeta, desde la otra esquina del pequeño mostrador y dirigiéndose a él, saltó un habitual solitario de la Tertulia y le dijo: te voy a recitar yo una que seguro que tú no sabes. Inmediatamente volvió el silencio, y todas las miradas y oídos se dirigieron al espontáneo. El poeta, respondió con una pregunta: ¿de quién es? A lo que el espontáneo respondió: mía; es mía. Muy bien – dijo el poeta - ; escuchemos pues. Nuestro espontáneo, mirándolo fijamente, exclamó: “Si Cristo murió en la cruz / con tres clavos solamente / ¿cómo está tu hermana viva? / ¡si la han claváo tantas veces!”
El sepulcral silencio se convirtió en lágrimas de la risa. El poeta, apuró su rioja y con un “señores, buenas tardes” cogió puerta y nadie lo ha vuelto a ver por la Tertulia.