Cuando nace la luz

Alrededor de una rampa, que espera cera temprana, arranca en Sevilla el sueño que ya empezó de mañana.
La plaza se va llenando de variopinta amalgama, de coloridos vestidos y azules americanas que, portando entre sus brazos, a los que ignoran la trama, se disponen a enseñarles cómo su pueblo derrama a Dios por todas sus calles durante esa Semana.
Por la Cuesta del Rosario, se atisban las plumas blancas que, al son de un paso ordinario y sus vestidos de gala, se intercalan en la bulla que aplaudiendo, les aclama.
A los lados de la puerta, colocan su bella estampa. Con infantil comitiva, portando amarillas palmas, se va llenando Sevilla desde sin par Colegiata para alcanzar calle Cuna cruzando toda la plaza hasta que, un barco barroco, se desliza por la rampa y a modo de botadura se posa en las quietas aguas del anhelante gentío que espera su navegada.
La música suena fuerte; tan fuerte como estrenada. Las marchas sueltan sus notas y una tras otra se engarzan mientras el paso se mece sin detener sus pisadas para dar la bienvenida a lo que llega, y se ama.