Falsos vencejos

Son siempre bienvenidos. Anuncian con sus sonidos y aleteos la proximidad del tiempo esperado. Vienen buscando espinas y traen atardeceres que van alargando su luz por la ciudad. Este frío, que poco a poco se va rindiendo, los traerá a nuestro encuentro cuando menos nos lo esperemos envolviendo con su vuelo alguna espadaña o campanario y sentirás de nuevo, el triunfo de la ciudad soñada sobre la urbe.
Los vencejos, son los mejores pregoneros que la ciudad tiene. No necesitan atril ni aduladores encorbatados. Pregonan al aire libre y no necesitan más aplauso que el eco de la ciudad.
Pero “a la misma vez”, que diría un ditero, se ven amenazados por una especie que se disfraza de ellos mismos para camuflar su carroñera vida. Revolotean junto a espadañas y campanarios al igual que los auténticos, pero no buscan espinas ni su canto y aleteo es puro.
Ya se les ha visto volando por cónclaves de tres al cuarto y cultos ajenos. Revolotean disfrazados de castos, informadores o “imprescindibles organizadores” que van prometiendo la ciudad soñada; la que los auténticos vencejos, a cambio de nada, prometen y, cumplen todos los años. Quizá por eso mucha gente se deja llevar por el aleteo prometedor de estos impostores que, paseando su desvergüenza por lo más sagrado de la ciudad, no dudan para conseguir sus propósitos ni siquiera en comulgar con ella; aunque sean ruedas de molino. Total, al fin y al cabo, son unos pájaros, como los auténticos vencejos. Pero carroñeros. Aunque les puedo asegurar, que no comen desperdicios.