Señales

Estas tardes en las que el sol se va alargando minuto a minuto por los días de febrero son una invitación para cortejar a la ciudad. Ella parece que se deja, y al igual que la mocita que va sumando abriles, ella se sabe cada día más hermosa, e intuye que llegada la Cuaresma, su irresistible hermosura hará caer a sus pies al más pintado.
Estas mañanas frescas presagian atardeceres reventones sobre sus perfiles, y ella que lo sabe, parece esconder en ese frescor una risa socarrona, pues sabe sobradamente que cuando el ocaso limpio se pasee por sus favores, tú irás secretamente a mirarla como se asoma en el espejo del río, y creyendo que ella no te ve, te recrearás en su adolescencia que pintará una madurez exuberante cuando se perfume de azahar y se vista con sus mejores bordados y volantes.
Este febrero con su luz de color mosto aljarafeño y largas sombras, envuelve a la ciudad en un halo de misterio donde el musgo en las verdinas de sus gárgolas empieza a pedir el calor que le traerá la cera cuaresmal que convertirá, poco a poco, su humedad en nidos de vencejos dispuestos a arrancar espinas.
Esta luz nueva sabe a vida nueva. La ciudad parece saberlo. Se deja parsimoniosamente caer en los días y pavonea de sus encantos. Sabe que está próximo el tiempo de cales nuevas y túnicas almidonadas con las que, sus hijos, la visten cada primavera para que de nuevo sea la novia del mundo.