Torrijas

No se confundan, porque no pienso dedicar ni una sola letra a la esposa de nadie. Tampoco pienso dar clases culinarias sobre la elaboración de tan delicioso manjar… ¡Líbreme Dios!
De lo que quiero hablarles en esta entrada es de cómo comerse las primeras torrijas. Porque, aunque les parezca un tema baladí, tiene su importancia.
La primera regla – aunque esta regla más que con el “cómo” tiene que ver con el “qué” – es que estas primeras torrijas sean caseras. A ser posible: las segundas, las terceras y todas las que se piensen comer, también. Desistan de “borrachos pasteleros” si no quieren terminar “jiñando a pistola”.
La segunda regla, y por el mismo motivo escatológico que la primera, es que sean pacientes y por nada del mundo se coman una torrija caliente.
Cumpliendo éstas dos premisas, lo siguiente será buscar el lugar idóneo. Hay que evitar por todos los medios todo lo que nos pueda producir estrés, por lo que es muy aconsejable tener la televisión y la radio totalmente desconectadas para evitar sobresaltos con noticias desagradables de mangazos varios. Ni siquiera confiarse con estos medios de comunicación si están retransmitiendo algún “pograma kofrade”, porque suelen ser – además de infumables – un arma de doble filo. Yo, en todo caso, les aconsejaría una buena marcha de fondo, para que mientras introducimos lentamente la torrija en la boca y permanecemos con los ojos cerrados – para que no se vea que los tenemos vueltos – nos traigan recuerdos sublimes vividos en alguna Semana Santa.
Y ya está. Que las disfruten… Bueno, se me olvidaba una cosita: si quieren, en la intimidad del hogar, pueden comérselas con los dedos y pasar de cubiertos. Aunque corren el peligro de que se les pongan pegajosos y les pase lo que me está pasando a mí ahora mismo con el tecladooooooooooooooooooo.