Hubo un tiempo...

Hubo un tiempo en que los costaleros eran gente del muelle y del Mercado de Entradores en su mayoría. Las cuadrillas llevaban la gente justa, y cuando un costalero se salía a tomarse una cerveza - además del aire -, aparte de que cuando entraba en el bar la gente le hacía un cerco por la pinta que llevaba, lo hacía de prisa y corriendo, porque sabía que en su trabajadera había un hueco vacío.
Hubo un tiempo en que para los capataces lo primero era su gente. Sabían perfectamente la gasolina que llevaban, y no perdían el tiempo en florituras de cara a la galería, sino que además de igualar de una manera impecable, aliviaban el trabajo de su gente por encima de todo.
Hubo un tiempo en que el que decía cuándo, cómo y dónde se paraba un paso era el Fiscal del mismo, y ningún capataz se atribuía decisiones personales sin el consentimiento del primero.
Hubo un tiempo en que los oficiales de junta eran cofrades y gente de Iglesia y que, ser Hermano Mayor de una cofradía, no servía para medrar y trepar en la sociedad, sino que era lo que hoy llamamos un marrón, costándote el dinero, el tiempo y a veces hasta la familia.
Hubo un tiempo en que la música sonaba en la salida, la Campana, la entrada y cuatro momentos más, yendo los pasos el resto del camino sobre los pies, de frente y a golpe de tambor.
Hubo un tiempo en que las “revirás” (de acuerdo con el pregonero: palabra tela de fea) las daban los barcos en medio del río. Los pasos, daban vueltas, y siempre andando de frente.
Hubo un tiempo en que cuando el Domingo de Ramos veías al primer nazareno, te entraba un escalofrío desde los zapatos que ibas estrenando hasta la nuca imposible de describir, pues, tu memoria, era el único medio que tenías para recordar esos días soñados durante un año.
Hubo un tiempo en que los silleros estaban pregonando y vendiendo sillas todos los días de la Semana Santa hasta que pasaba la última cofradía.
Hubo un tiempo en que el Quinario de una Hermandad que yo me sé, no empezaba el martes; sino que lo hacía el mismo Miércoles de Ceniza, por lo que el último día del mismo era el domingo, con su Procesión Claustral, después de haber tenido por la mañana la Función Principal de Instituto y su posterior comida de Hermandad, a la cual, "naturalmente", sólo acudían los hermanos varones. Poco sólido y mucho líquido... los ronquidos en la homilía sonaban a bóveda.
Hubo un tiempo de acólitos profesionales.
Hubo un tiempo en que el nazareno iba andando a la iglesia porque vivía junto a ésta.
Hubo un tiempo en que el nazareno – que podía – daba caramelos.
Hubo un tiempo en que las vísperas eran mudás y no nazarenos.
Hubo un tiempo en que las coreografías sólo las hacía el ballet de Valerio Lazarov.
Hubo un tiempo en que los únicos días que podías comer calentitos por la tarde y no por la mañana eran los de Semana Santa.
Hubo un tiempo en que las Cruces de Mayo de niños eran eso: en mayo y de niños.
Hubo un tiempo en que las cuadrillas se concentraban descargando barcos.
Hubo un tiempo en que en los periódicos y la radio trabajaban periodistas.
Hubo un tiempo en que yo era muchísimo más joven… ¡joder!