Mañana de recuerdos

La mañana del Viernes Santo, al igual que la del día que sale hacia la aldea del Rocío la Hermandad del barrio, luce Triana sus raíces en todo su esplendor.
En la mañana del Viernes Santo, se llena el barrio de barrio, valga la redundancia, y los que nacieron en su suelo y tuvieron que irse un día por culpa de la especulación, vuelven por sus fueros, y esperan a la cofradía de la Esperanza en el mismo lugar donde un día estuvo su casa; su corral de vecinos. Allí, sin querer mirar atrás, vuelven a la infancia, y viven cada año aquellos brazos y aquellas manos que le enseñaron a amar lo que están viendo.
Siempre hay alguien a quien visitar. Siempre hay algo que recordar. Siempre hay caras que identificar en las que el tiempo no ha pasado en balde. Siempre hay nudos que tragar bajo el sol de la mañana.
La mañana se va tornando en tarde por los bares del barrio, donde acuden al avituallamiento los que ya ni siquiera tienen la suerte de tener algún familiar viviendo en el barrio, y que en ese caso, nunca se podrían negar a visitarlos y almorzar con ellos.
La luz del mediodía acompaña a este ambiente de nostalgia. Siempre es tenue, por muy despejado que esté el día. Es una luz especial la del Viernes Santo.
Las copas de aguardiente van dejando paso a la cerveza y las tapas por unos mostradores que añoran compás por soleá con los nudillos de las manos, y entre charlas llenas de anécdotas y recuerdos, se van viendo nazarenos de ida y de vuelta que se mezclan con las mantillas que vuelven a buscar la brisa del río. Cuando el sol empieza a ir buscando el ocaso por el Aljarafe, de nuevo los hijos del barrio empiezan a tomar posición, y se empieza a llenar la calle Castilla desde el mismo Zurraque hasta Callao, San Jorge y el Altozano de una Triana pura, que bajo un cielo que va empezando a tomar unos reflejos añiles, se resiste a cerrar el anual sueño que empezó por la mañana con el trote de un caballo llamado Calamar y una Virgen guapa posándose en sus corazones, y que acabará con los reflejos de un raso morado en el río y un “hasta el año que viene… si Dios quiere”.
Lo bueno y breve: dos veces bueno.