Por derecho

Su rostro se entristecía al llegar la primavera, viendo túnicas ccolgada entre el olor a canela que por la casa rondaba de cuaresmales comidas que su madre cocinaba.
Eran días de algarabía y de vísperas soñadas, y los sentidos se abrían ante una nueva jornada de salir su cofradía con túnicas recién planchadas.
Pero era un privilegio sólo para media casa, ya que una triste costumbre, a Dios gracias reparada, impedía por aquel tiempo a la mujer esa gracia.
En su infantil pensamiento, las dudas le atormentaban, eclipsando aquellos días de cofrade sevillana y menguando la alegría con preguntas y reclamas: ¿Por qué yo salir no puedo? ¿Por qué? Si yo soy hermana. ¿Por qué? Si yo así lo quiero. ¿Por qué manejan mis ganas de vestirme con mi túnica y con mi cera alumbrarla? Si mi hermano es más pequeño. ¿Por qué él puede acompañarla? Si yo llevo hasta su Nombre, y como él soy hermana…
Pero al fin llegó aquel año, con su víspera soñada, y en el salón de su casa otra túnica colgaba, que le dio a su primavera, el color que reclamaba: el que por derecho propio mereces tú, sevillana.