Gubia

No fue fácil que se desprendiese de Ella. La tuvo cuatro años en su estudio y, aunque no le faltaban propuestas de compra, él se resistía a verla salir de su casa.
Los motivos que le llevaron a vender la talla a la Cofradía de los Primitivos Nazarenos de Sevilla quedan en la intimidad de los secretos. No sabemos qué pudo más, si la necesidad de la Hermandad para hacerse con tan bella Imagen, o la que el maestro tenía en esos momentos económicamente hablando. Corría la década de los cincuenta de la pasada centuria, y no creo que le viniesen mal unos ingresos. Pero también estoy seguro que pesarían mucho en el acuerdo los argumentos esgrimidos por la Hermandad, sobre todo, en una persona de profunda religiosidad como era D. Sebastián Santos.
Cuentan, que desde el primer día que la Hermandad la puso al culto, rara era la tarde que el maestro no merodeaba por San Antonio Abad, y buscando siempre la intimidad de la discreción, echaba su ratito con Ella. Al igual cuentan, que la primera madrugada que la Santísima Virgen presidió el paso de palio en la estación de penitencia de la Cofradía, le vieron perdido entre la bulla, llorando. Quizás de pena, por haberla dejado ir. Quizás de alegría, porque seguro sabría que con el tiempo llegaríamos otros que, gracias a su obra, nos sentiríamos orgullosos de ser Primitivos Nazarenos de Sevilla, y además, y sobre todo, de sentir a la Madre de Dios más cerca de nosotros y más Pura en su Concepción.