Pregonadores

¡Qué me gusta un pregonero! Con su atril resplandeciente, quedándose con la gente con el índice hacia el cielo.
Cómo se le riza el pelo al nombrar la cofradía que, lo ha invitado ese día, para darle un “pescaito” a cambio de cuatro ripios a lo que ni conocía.

¡Qué me gusta un trovador! Con su corbata de rayas, de colores que desmayan y su nudo abrigador.
Con bolitas de alcanfor metidas en los bolsillos. Con la cabeza de brillo, de brillantina a granel, y labrado con troquel, en el ojal, su escudillo.

¡Qué me gusta un “cuenta-cuentos”! Aunque siempre cuente el mismo, que aprende cual catecismo y va largando a los vientos.
Por iglesias y conventos lo larga cambiando el santo, o el del color de su manto, si de una Virgen se trata. Luego, al final, se retrata rodeado de unos cuantos.

El que de verdad me gusta, es el que tú a mí me das, perfumada de azahar en las vísperas soñadas.
El que en tu alma encontrada, recubierta de esplendor, despiertas a la intuición de los días que se aproximan. Sin ripios. Sin pantomimas. ¡Eso sí que es un pregón!