450 aniversario de La O


EVOCACIÓN DE NUESTRO PADRE JESÚS NAZARENO POR UN HERMANO

Escrito por Diego Romero
Que te escribiese. Me encargaron que escribiese sobre Ti con motivo del 450 aniversario de nuestra Archicofradía. Que te escribiese yo, que bien sabes Tú que cada vez que lo intento se me amontonan las letras, pues el corazón late más rápido que las ideas, y a ti, yo solo sé escribirte con el corazón.
Cuesta mucho explicar lo inexplicable. Habrá que intentarlo.
Estoy seguro que, en el transcurso de los ya trescientos treinta y un años que llevas entre nosotros, serán muchas las personas que ante tu mansedumbre habrán sentido y sientan lo mismo que yo: una mezcla de compasión y devoción que termina irremediablemente en un nudo de garganta ante Ti en la íntima soledad de tu Capilla Sacramental.
Tu Capilla Sacramental siempre ha sido y será el lugar idóneo para encontrarte. Envuelto entre la cerámica del barrio, es el lugar en el que la Triana anónima te busca en sus idas y venidas cuando te necesita. Esa Triana de siempre, con carritos de compra y lenguaje que Tú bien conoces.
Siempre habrá algo que pedirte, que agradecerte o simplemente contarte.
Siempre habrá un motivo para echar contigo un ratito.
Intimidad de mañanas
dialogada a media voz.
Mientras, la torre, en La O,
da un Ángelus de campana.
Encuentros que por Triana
el tiempo convirtió en rito:
canas y “Jorobaito”.
Ida y vuelta de una Plaza
que se para, cuando pasa,
y echa con Él un ratito.
Te encontré de casualidad. Bueno, ya con el tiempo me di cuenta que en realidad fuiste Tú el que me encontró a mí. Estoy seguro que igual que has encontrado a todos los que han quedado prendidos a tus plantas en el transcurso de los años.
Las ganas de vestir una túnica nazarena de aquel chaval al que le empezaba a salir la barba fue la culpable. Hubo varios intentos, tanto en hermandades del barrio como fuera del mismo, pero el destino, un destino que el tiempo me demostró que en realidad era un Nazareno encorvado lleno de humildad en su cara y carey en sus manos, quiso que el color de la túnica que encontrase para revestir esas ansias de hacer una estación de penitencia fuese el raso morado.
Al principio no me percaté de tu hermosura. Fue con el tiempo y el día a día junto a Ti como poco a poco me fui dando cuenta de tu grandeza.
Luego vino la devoción compartida con otros jóvenes hermanos en aquel inolvidable Grupo Joven, germen de una forma de hacer y entender la Hermandad que ha llegado a nuestros días y cuna de aquella primera cuadrilla de hermanos costaleros mediados los años setenta del pasado siglo.
Tengo una fotografía tuya de aquella época guardada con mucho cariño. Una fotografía que también tendrán muchos hermanos y hermanas que como un servidor ya van peinando canas. Una fotografía con un color añejo y la firma de “Gard” que me traslada siempre que la veo a ese tiempo: un tiempo de candelabros y paso viejo.
Ayer, como una brisa
de fresca primavera
que penetra serena
por ojales de antifaz,
sentí en mí la caricia
de jóvenes recuerdos
envueltos en la foto
que pude contemplar.

Ayer, vi un Nazareno
sobre canasto antiguo
con un adorno exiguo
de flores a sus pies,
y sones corneteros
de grises uniformes
se unían a redobles
de baquetas sobre piel.

Ayer, vi candelabros
de alegres guardabrisas
y jóvenes sonrisas
cubiertas de arpillera,
y la memoria abro
sintiendo tu zancada
con tu dulce mirada
llenando las aceras.

Ayer, ante una foto,
pasaron por mi mente
momentos con mi gente
vividos junto a Ti.
Contemplando la foto,
me quité ocho lustros,
bien sabes Tú lo a gusto
que luego me dormí.
Este tiempo de Cuaresma en el que nos encontramos es el tiempo de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Aunque como decíamos al principio, cualquier día del año es bueno para entregarse a la oración junto a Él, qué duda cabe que es este tiempo cuaresmal el que a través de una serie de actos y cultos nos acerca aún más a sus plantas.
Acabamos de vivir su tradicional traslado al altar de Quinario, el Quinario con su Función Principal de Instituto y el Besapié. Además, este año, con motivo de la celebración del 450 aniversario de la Archicofradía, hemos podido vivir junto a Él un Vía Crucis extraordinario en el interior de nuestro templo, extraordinario en todos los sentidos, pues que duda cabe que rezar junto a Él siempre es extraordinario. Y aún nos queda el íntimo y cada vez más concurrido traslado al paso procesional, su salida el Viernes Santo en la estación de penitencia de la Archicofradía y el Besamano del Domingo de Resurrección.
Durante unos años, el Domingo de Resurrección no fue el mismo.
Se seguía celebrando la Eucaristía de las doce. Se seguían repartiendo los lirios que Él horas antes había pisado sobre su paso por las calles. Seguía habiendo corrillos de hermanos y hermanas que entre el cansancio y la melancolía volvíamos a vivir en charla distendida recuerdos, vivencias y anécdotas del gozo vivido pocas horas antes. El templo seguía recibiendo visitantes y devotos durante toda la jornada. Todo aparentemente parecía igual, pero Él, permanecía distante, frío, sobre su paso, con una cera gastada y unos lirios que el tiempo comenzaba a marchitar.
Un cabildo de hermanos decidió en aquel tiempo trasladar el Besapié de Jesús Nazareno del Domingo de Resurrección al segundo fin de semana de Cuaresma, alegando los defensores del cambio, principalmente, el cansancio de un Sábado Santo después de una estación de penitencia para el montaje del mismo y que, en la nueva fecha, contaría el Besapié con dos días en vez de uno; además, en plena Cuaresma.
Razón no les faltaba, la verdad, pero la mayoría de estos hermanos, pasado el tiempo, también echaban en falta algo cada Domingo de Resurrección.
En la aprobación de las nuevas Reglas, la aportación de un hermano nos trajo la solución: dejar el Besapié en el segundo fin de semana de Cuaresma, y celebrar un Besamano a Jesús Nazareno el Domingo de Resurrección.
De nuevo, el Domingo de Resurrección tiene en los lirios entregados a los fieles aroma a cercanía.
De nuevo, es menos duro el final de la Semana Santa al tenerle a Él más cerca.
De nuevo, se llena de su aroma nuestro templo en la Pascua.
De nuevo, podemos ver en la tranquila y reposada tarde de la Resurrección, cómo revolotean junto a Él las almas de los que ya no están con nosotros.
De nuevo, la Hermandad de La O se viste con sus mejores galas en el día más importante de la cristiandad.
De nuevo, es menos duro el comienzo de una nueva andadura hacia un nuevo gozo.
De nuevo, vuelve el Nazareno a la fría y trianera cerámica de su altar con el calor de los besos de su gente.
De entre todos estos cultos y actos cuaresmales a Nuestro Padre Jesús Nazareno, es en el Besapié donde el Señor, al menos para un servidor, se nos muestra en toda su plenitud. Aunque le falte el carey y la plata de su cruz, o quizá por ello, su humildad y entrega se hacen más patentes.
La hora ideal es a media tarde, cuando el sol de la Cuaresma que a esa hora empieza a buscar el Aljarafe, se introduce por la puerta del templo para llenarlo de una luz encantada. Entre esa luz, el Nazareno parece levitar en la oscuridad del Altar Mayor sobre su peana de plata y se nos aparece como si fuese un sueño; como si fuese un sueño de Besapié.
Ser cera en farol soñé,
entre la luz de la tarde
que posaba con alarde
del ocaso en el dintel.
Pero luego, lo pensé,
y mirando tu elegancia
sobre la dulce fragancia
de los lirios que pisabas,
soñé ser sombra posada
a la espalda de tu estancia.

Soñé ser esa luz clara
que sale de tus potencias
y da brillo a la inocencia
de los rasgos de tu Cara.
Pero al ver manos atadas,
soñé ser ese cordón
que en tus manos de perdón
las muñecas entrelaza
mientras miras al que pasa
a besar tu bendición.

Soñé ser acanelado
olor del humo, que denso,
con el aroma de incienso
se va quedando a tu lado…
Pero al fin, he despertado,
y me he visto con tu gente,
rodeado de un ambiente
con sabor a una Triana
que ya se muere de ganas
por verte venir de frente.
Viernes Santo. Qué decir del Nazareno el Viernes Santo. Desde las mariposas en el estómago que nos aparecen por la mañana en un templo radiante de víspera donde no te cansas de mirarlo en su paso sobre una alfombra de lirios frescos, hasta la tarde y noche, con su peculiar caminar seguido de una música de plumas blancas. Cualquier momento de su recorrido tiene algo que llena los sentidos: alguna luz, algún sonido, alguna mirada... Pero pasados los años, a la conclusión a la que he llegado, es que no son los lugares, sino Él; Él es el que los cambia con su presencia.
Él es el que le pone esa luz mortecina al sol del ocaso que se posa en su espalda cuando cruza por la tarde el puente. Él es el que detiene el tiempo, le pone al cielo el mismo color de la cofradía y se envuelve en la brisa cuando, tras el recto camino de Reyes Católicos y San Pablo, gira lentamente de Rioja a Velázquez.
Cuando la luz por Rioja
se prende en atardeceres
y asoman como alfileres
estrellas al cielo azul,
llega Él, y se despoja
de lutos el Viernes Santo
que rendido ante su encanto
olvida Muerte de Cruz.

Su paso llega a la esquina
con zancada firme y larga
portando la dura carga
que por Triana nació,
y poco a poco la fina
estampa de sus mecidas
va quedando adormecida
a redoble de tambor.

Cuando las andas despiertan
a golpe de llamador
y de nuevo su esplendor
suelta andares de Triana,
corneta y tambor aciertan
y ponen su melodía
en la esquina que el Mesías
gira buscando Campana.

¡Ay! esquina de Rioja,
donde el tiempo se detiene
y la brisa se entretiene
con el vuelo de su ropa.
Mientras, el ocaso aloja
en el cielo sus colores
imitando al de las flores
que a su caminar arropan.
Él es el que hace pequeñas las inmensas naves de la catedral. Él es el que le pone luz en la noche a las calles y el caserío en su camino de vuelta y Él es el que nos llena el alma de gozo cuando de nuevo lo vemos venir de frente por la oscuridad de su calle Castilla.
Siempre he dicho, que lo bonito de los pasos de palio es verlos alejarse. Ver cómo se va perdiendo el manto lentamente, llenando con su caída la trasera del paso al son de la música. Pero al Nazareno de La O, lo que gusta de verdad, es verlo venir de frente. Con su peculiar andar. Con la música de fondo. Verlo venir. Verte venir.
Verte venir con el sol
chorreando en las fachadas
con esa luz apagada
que tan solo el Viernes tiene,
es llenarse del sabor
que desprenden tus andares
recordándonos postales
que la memoria mantiene.

Verte venir por Triana
cuando el sol busca el ocaso
y el cielo tras de tu paso
da contraluz a los lirios,
suena a saeta gitana
desde balcones con flores
cantándole a los primores
de tu sumiso martirio.

Verte venir por Castilla
con carey de antigua estampa
y un manto de plumas blancas
dándole son a tu andar,
huele a brisa de una orilla
cantaora y alfarera
que para que no te fueras
te hizo de loza un altar.

Verte venir entre cales
por tu barrio y con tu gente
buscando un sol en el puente
que se despida de Ti,
trae aroma de corrales
de geranio y albahaca
mientras el cielo se saca
un aljarafeño añil.
Señor de devociones antiguas y secretas. Dios cercano. Bálsamo de un barrio en el que las necesidades formaban parte del día a día. Señor de estampas llenas de ruegos y besos. Así lo conocí y así me gusta recordarlo. Así lo veo. Así lo sueño.
Dentro de poco cumpliré cincuenta años junto a Ti, aunque estoy seguro que son muchos más los que Tú llevas junto a mí.
Si Tú así lo quieres, que sea por los siglos de los siglos.
Aún no habías cumplido los trescientos
cuando mi andar errante te encontrara.
Quedose para siempre por tu Cara,
buscando día a día sentimientos.

Tú limpias mis miserias con tu aliento
y llenas mi camino de luz clara
con la Verdad, que un día proclamaras,
y sigues proclamando en cada encuentro.

Casi setenta lustros enseñando
tu Dulce Sumisión, que se proclama,
en el compás que dejas caminando

cuando los lirios, surcan tu peana,
y aroma de carey vas derramando
sobre los corazones de Triana.