Siesta

Si es que no puede ser, hay que echarla to los días, si no te vienes abajo igual que sus señorías, que se les quedó la cara de un polvorón de El Mesías.

Tras lebrillo de gazpacho con bandeja de acedias; cuatro tintos de verano y dos tajás de sandía, hay que echar un buen flatito y decir: ¡la cama es mía! E irse hacia ella andando, aunque sea de rodillas, pa pegarse un buen siestaso con la boquita parriba y ronquidos de ultratumba que hagan mover las cortinas.

Yo no sé qué es lo que esperan, en vez de tantas porfías, para ponerse de acuerdo aunque sea por un día y con una ley orgánica, aprobada en mayoría, obligar a toda España, con control de policía, a echarse una buena siesta en una fresca sombría.

Y aunque todo fuese igual, con las mismas tonterías, y se siguieran llevando nuestro parné to los días, al menos, un par de horas, el país sonreiría…

Porque el que duerme no peca ¿no es verdad, sus señorías?