Fábula del "Andeandará"

Los primeros tiempos fueron los peores. Se acostaba muy cansado. Tenía que repartir cartas por su pueblo de puerta en puerta cargando una saca al hombro que tuvo mucha culpa de su malhecha envergadura. También eran noches cortas, pues el despertador sonaba temprano y había que levantarse para ganar el sueldo.

Él soñaba con ese día en que las sacas las llevasen otros, y que esos otros, aportaran un poquito de su sueldo para él vivir cómodamente fingiendo ser su salvador, su defensor, su mesías, su p… (piiiiiiiiiii)

Y por fin llegó ese nuevo tiempo soñado y esperado. Deseado. “Merecido”, al menos eso pensaba él, para hacer lo que siempre quiso hacer: nada. Y le pusieron un coche. Y un chófer. Y se rodeó de subvenciones, E.R.E.S. y buenas dietas. Le subió el colesterol y los triglicéridos. Y no volvió a madrugar.

Pero de vez en cuando lo molestaban, de nuevo le hacían madrugar. Lo despertaban con mucho cuidado, lo abrigaban y lo montaban en su coche. Lo agarraban a una pacarta junto a otros tres o cuatro de su especie y les hacían unas fotos. Lo ponían a caminar. Él no veía el final. La falta de costumbre. A su lado, agarrado a la misma pancarta, iba precisamente uno de los culpables de que ocurriera lo que en la pancarta se reclamaba que no ocurriese. Se lo juro. Pero a él aquello no le importaba. Y menos aún le importaba a todos aquellos que caminaban detrás de ellos en busca de la tierra prometida. Y llegó la meta. Por fin. Y ya no había que cerrar más bares. Al contrario. Al que cerraba cuando se acercaban le gritaban: ¡fascista!... ¡Que venimos secos!

Al despedirse de su compañero de caminata. Uno de los culpables de que él hubiese tenido que madrugar para protestar. Le increpó. Vaya que si le increpó. Lo miró fijamente, y le dijo: ¿qué hay de lo mío?


Moraleja: otro día; hoy no tengo el cuerpo “pa ná”.